Por: Eduardo Aristizábal Peláez
¿Dónde quedó el decoro en la política? Al revisar las imágenes y los debates del Congreso en la mitad del siglo XX, la diferencia con el presente resulta evidente y preocupante.
Aquellos parlamentarios podían estar en orillas ideológicas opuestas, defender con vehemencia sus posturas y sostener discusiones intensas. Sin embargo, hay un elemento que se imponía sobre las discrepancias, el respeto por la palabra y por la institución. La preparación intelectual era la base del ejercicio parlamentario. El debate giraba en torno a ideas, argumentos y conocimientos; incluso, la presentación personal reflejaba la solemnidad de un escenario considerado esencial para el país. Hoy, en cambio, abundan escenas muy distintas. Insultos, gritos, interrupciones, descalificaciones personales y qué pobre imagen. Muchas discusiones parecen más encaminadas a destruir al adversario que a confrontar sus planteamientos. No todo lo pasado fue ejemplar ni todo lo presente carece de preparación y respeto, pero sí cabe preguntarnos, ¿ hemos permitido un deterioro del lenguaje político y de la conducta pública en algunos sectores de la vida parlamentaria ? Porque una cosa es la controversia legítima y otra muy distinta, convertir el debate en una riña personal. El Congreso no es una plaza de mercado ni un ring de boxeo. Es el espacio donde se discuten las leyes y se representan los intereses de millones de ciudadanos. El decoro no necesariamente significa solemnidad superlativa, vacía, ni nostalgia por tiempos idos, significa respetar al contradictor, escuchar al que piensa distinto y defender las propias ideas con argumentos. La democracia necesita posición crítica y debates intensos, pero también requiere límites y respeto. Cuando se pierde este, el respeto por la palabra, la política se degrada y cuando el insulto sustituye al argumento, no gana quien grita más fuerte, pierde la democracia.
Ha llegado la hora de recuperar lo que nunca debimos perder, la fuerza de las ideas, la responsabilidad de la palabra y el respeto por la diferencia. Colombia necesita un Congreso que debata con firmeza, sí, pero también con inteligencia, con argumentos y sobre todo, con decoro.
El decoro parlamentario no es un asunto menor ni un detalle protocolario, es un reflejo de la cultura política de un país.
Cuando se degrada el lenguaje en el Congreso, se envía un mensaje a la sociedad entera, que la agresión sustituye al argumento, que la descalificación reemplaza al respeto. Y ese ejemplo, multiplicado en medios y redes, termina permeando la vida cotidiana.
Los medios de comunicación tienen la responsabilidad de valorar la argumentación sobre el espectáculo y la sociedad civil debe exigir que sus representantes honren la palabra como instrumento de construcción democrática.
La política, debe enseñar cómo convivir en la diferencia. Si el Congreso se convierte en escenario de insultos, la democracia se convierte en una parodia, pero si el Congreso recupera la fuerza de las ideas y la dignidad de la palabra, entonces la política vuelve a ser el espacio de la transformación para el bien común.