Por: Eduardo Aristizábal Peláez
La objetividad y la subjetividad no son patrimonio exclusivo del periodismo, aunque sí constituyen pilares esenciales en su ejercicio. Todo periodista, en el ejercicio de su profesión, debe comprender y aplicar estas dos dimensiones.
La diferencia entre objetividad, lo que existe y subjetividad, las experiencias, opiniones y emociones del individuo, es uno de los debates mas profundos de la historia de la filosofía.
Nuestros maestros definían la objetividad como el reflejo fiel de la realidad: información despojada de emociones, imparcial y ajena a la manera de pensar o sentir del comunicador. Por ello, la objetividad es siempre información, nunca opinión.
En contraste, la subjetividad surge del sujeto que interpreta: es sentimiento, criterio, punto de vista. No informa, sino que analiza, comenta y opina.
Aunque los conceptos parecen sencillos, no todos los periodistas los aplican con rigor. Resulta preocupante escuchar a quienes afirman que la objetividad no existe, confundiendo comentario con información. La verdad es clara, la objetividad se manifiesta al informar, la subjetividad, al opinar. Y cuando opinamos, tenemos la obligación de argumentar.
Hoy, sin embargo, los canales de comunicación se ven saturados de mensajes, noticias sin confirmar, declaraciones manipuladas, opiniones acomodadas y carentes de sustento. Entre profesionales serios y responsables, también aparecen comunicadores —que no periodistas— aprovechando las redes sociales y la ingenuidad de los usuarios para fines turbios.
La misma distorsión se repite en escenarios políticos; debates parlamentarios convertidos en espectáculos, donde se exige la caída de adversarios sin pruebas, disfrazando intereses personales de fiscalización.
¿Hacia dónde nos conduce esta deriva? La advertencia bíblica parece cumplirse: “los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz”.
Por ello, los periodistas tenemos un deber irrenunciable: conocer la historia y el presente, advertir los riesgos del uso propagandístico de la información, denunciar la manipulación y los efectos de la opinión falaz. La defensa de los valores de la comunicación social recae, en primera instancia, sobre los hombros del periodista profesional.