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Mientras gran parte del mundo adulto debate los riesgos futuros de la inteligencia artificial, una generación entera ya está creciendo junto a ella. Como ocurrió con la aviación o las redes sociales en décadas pasadas, estos niños no conocen un mundo sin algoritmos. Sin embargo, esa familiaridad no es homogénea. Y ahí surge una tensión central: el avance tecnológico podría estar ampliando brechas existentes en lugar de cerrarlas.
Expertos en educación digital coinciden en que la alfabetización en inteligencia artificial debería considerarse una habilidad básica, al mismo nivel que la lectura o la escritura. No con el objetivo de formar programadores desde la infancia, sino de desarrollar pensamiento crítico frente a tecnologías que moldean la vida cotidiana.
Cuando la IA se percibe como “magia”, se pierde la posibilidad de evaluar sus límites, detectar sesgos o exigir explicaciones. Esta falta de comprensión genera dependencia y vulnerabilidad, especialmente en contextos donde los sistemas automatizados comienzan a intervenir en ámbitos como la salud, el bienestar social o el acceso a oportunidades.
Menos educación tecnológica, más automatización
A pesar del crecimiento acelerado del uso de la inteligencia artificial, en varios países ha disminuido el interés por estudiar informática en niveles escolares. Parte de esta tendencia se alimenta de la narrativa de que la IA hará innecesarias ciertas habilidades técnicas, al automatizar procesos como la programación.
Sin embargo, automatizar no equivale a comprender. Delegar tareas a sistemas inteligentes sin entender su lógica interna implica ceder control. Cuanto más influyentes son estos sistemas, mayor es la necesidad de que las personas conozcan cómo se entrenan, qué datos utilizan y qué errores pueden cometer.
Hoy la inteligencia artificial recomienda contenidos culturales; mañana puede influir en decisiones financieras, diagnósticos médicos o evaluaciones de riesgo social.
Diversos especialistas advierten que se está configurando una división profunda entre niñas y niños que entienden cómo funciona la inteligencia artificial y aquellos que solo interactúan con ella de forma pasiva. Esta diferencia no siempre se percibe de inmediato, pero tiene implicaciones de largo alcance en términos de autonomía, participación social y ejercicio de derechos.
La desigualdad entre la niñez ya no se limita al acceso a dispositivos o conectividad. Ahora incluye la capacidad de comprender, cuestionar y controlar tecnologías que influyen cada vez más en decisiones clave.
Expertos en educación digital coinciden en que la alfabetización en inteligencia artificial debería considerarse una habilidad básica, al mismo nivel que la lectura o la escritura. No con el objetivo de formar programadores desde la infancia, sino de desarrollar pensamiento crítico frente a tecnologías que moldean la vida cotidiana.
Cuando la IA se percibe como “magia”, se pierde la posibilidad de evaluar sus límites, detectar sesgos o exigir explicaciones. Esta falta de comprensión genera dependencia y vulnerabilidad, especialmente en contextos donde los sistemas automatizados comienzan a intervenir en ámbitos como la salud, el bienestar social o el acceso a oportunidades.
Menos educación tecnológica, más automatización
A pesar del crecimiento acelerado del uso de la inteligencia artificial, en varios países ha disminuido el interés por estudiar informática en niveles escolares. Parte de esta tendencia se alimenta de la narrativa de que la IA hará innecesarias ciertas habilidades técnicas, al automatizar procesos como la programación.
Sin embargo, automatizar no equivale a comprender. Delegar tareas a sistemas inteligentes sin entender su lógica interna implica ceder control. Cuanto más influyentes son estos sistemas, mayor es la necesidad de que las personas conozcan cómo se entrenan, qué datos utilizan y qué errores pueden cometer.
Hoy la inteligencia artificial recomienda contenidos culturales; mañana puede influir en decisiones financieras, diagnósticos médicos o evaluaciones de riesgo social.