La voz, la corona y el ruido

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Por: *Octavio Cardona

La reciente renuncia de Laura Gallego Solís como Señorita Antioquia dejó al descubierto un debate incómodo en el país ¿puede una persona que representa a su región tener opinión política? La respuesta es sí. Lo que no puede, ni debe, es usar esa voz para irradiar rabia o legitimar la violencia en ninguna de sus formas.

Gallego renunció alegando que no quería “convertir una corona en mordaza”. Y tiene razón en algo, la libertad de expresión no se negocia, ni se entrega a cambio de una banda o un título. Pero el problema no fue que opinara, sino cómo lo hizo. En un país donde la violencia política ha dejado heridas profundas, donde la palabra “bala” no es metáfora sino historia, hay expresiones que no son inocentes ni pueden pasarse por alto.

Decir o preguntar ¿bala para Petro o para Daniel Quintero?, no es precisamente un chiste y menos una dramatización, es una salida equivocada, si se quiere bastante estúpida.

Quien representa a una región, un pueblo o una institución no deja de ser ciudadana, pero sí adquiere un rol simbólico. No se le exige silencio, se le exige responsabilidad. Su voz no es solo suya, también es la de quienes representa. Y cuando se usa para dividir o para encender odios, se pierde el sentido del liderazgo.

El concurso tiene claramente establecido en su reglamento que las candidatas deben abstenerse de hacer proselitismo político. No porque se quiera callarlas, sino porque la figura de una reina, por naturaleza, busca unir, inspirar y mostrar lo mejor de su tierra. Si el discurso se vuelve violento, si la crítica se transforma en agresión, el símbolo se desdibuja.

Decir que “no se puede hablar de política” es falso. Se puede, se debe y se tiene que hablar. Pero se debe hacer con criterio, con altura, sin convertir la diferencia en enemigo. La política no necesita más pólvora verbal, necesita argumentos. Lo que falta en Colombia no son voces, sino voces que construyan en vez de destruir.

Este episodio es una muestra de lo que hoy pasa en el país, hemos confundido libertad con desahogo, y opinión con provocación. Se cree que hablar más duro es hablar con más verdad. No. En democracia, la razón no se impone a gritos ni se gana a bala, ni siquiera en sentido figurado.

Laura Gallego desaprovechó la oportunidad de usar su visibilidad para demostrar que una reina también puede tener pensamiento, análisis y carácter sin perder elegancia, sin perder el sentido del respeto. Podría haber sido un ejemplo de liderazgo femenino moderno; firme, político, consciente. Pero eligió el camino de la confrontación vacía, la frase viral, la emoción que incendia pero no ilumina.

Y el país, que siempre está al borde del insulto, cayó en el juego. Unos la aplauden por “decir la verdad”, otros la linchan por “hablar de más”. Pero casi nadie reflexiona sobre lo que realmente importa, el fondo. El cómo hablamos, el para qué hablamos, el impacto que tiene cada palabra cuando se dice frente a una cámara.

No se trata de callar a nadie. Se trata de entender que representar también significa medir, pensar, cuidar. Porque la política, aunque algunos quieran reducirla al ruido de redes sociales, sigue siendo el arte de construir país desde la palabra. Y la palabra, en boca de quien representa a muchos, no puede ser bala: debe ser puente.

A los que dicen que el asunto no pasa de ser una banalidad, carente de importancia y que por esa misma razón no debieron salir en manada a reclamarle a la reina «influencer», les quiero preguntar qué hubiera pasado si la reina o alguien de su nivel hubiera preguntado

¿bala para Uribe o para Fico?, pues la respuesta es simple, que hubiera recibido los mismos reclamos, pero esta vez de parte de los que ahora la defienden.

*Representante a la Cámara

 

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