Maestros que hicieron historia

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Por:  Germán Ríos Martínez

Don Óscar Benavides hace parte de un selecto grupo de Maestros que hizo época en el magisterio caldense por sus habilidades en la transmisión de conocimientos, las destrezas como institutores y su presentación personal.

Nació en la vereda El Tablazo de Manizales el 9 de junio de 1933, el mayor de trece hermanos, hijos de un padre que les dio ejemplo de laboriosidad y buenas formas, como propietario de una pequeña parcela con cuyos frutos pudo “levantar” su familia.

La primaria la cursó en la escuela Santander, cuando estaba ubicada en la carrera 25 con calle 19, y cuando estaba en tercer año pasó a la sede que ocupa actualmente, carrera 24 calle 17, frente a la iglesia de San Antonio.

Ingresó al Instituto Universitario en 1946, el mejor colegio público de bachillerato del Gran Caldas, con servicio de internado para estudiantes que provenían de la provincia y de ciudades vecinas como Pereira y Armenia; algunos de sus compañeros fueron los médicos Alfonso Escandón Becerra, Hernán González Jaramillo y Esteban Arredondo Alba. De Escandón, sobresaliente neurólogo, llegó a decirse que, de no haber sido por sus estudios, bien pudo convertirse en un futbolista profesional.

Benavides Salazar recuerda con asombrosa lucidez a los profesores que contribuyeron con su formación, entre quienes cita a Aristides Ocampo, profesor de matemáticas, Bernardo Hernández, músico oriundo de Aguadas, Godofredo Ríos, de Salamina, profesor de sociales, Bernardo Salazar Silva, Jesús Antonio Marín, de Chinchiná, padre del exministro Rodrigo Marín Bernal, Octavio Calderón, química, Camilo Noreña, Español, Carlos Tobón, Inglés, Arsenio Chica, biología y, Juan Hurtado, quien fuera rector del Instituto y co-fundador de la Universidad de Caldas.

Tras concluir su bachillerato en 1952, se alistó como soldado regular del ejército colombiano en el Batallón Miguel Antonio Caro; con la libreta militar en sus manos, ingresó a la facultad de medicina de la Universidad de Caldas, pero al concluir el tercer semestre, estaba profundamente enamorado de una hermosa muchacha, Mariela Morales Santofimio, quien fue su esposa, hasta que falleció hace 30 años.

Tenía que responder económicamente por su hogar y fue entonces cuando se vinculó con la Joyería Gómez y Cañas, donde aprendió el arte de la relojería; en el Instituto había demostrado habilidades para el Latín, una asignatura que figuró en el pensum académico de secundaria. Ese idioma lo aprendió en el cuaderno de su compañero Escandón Becerra.

Algún día apareció en la joyería quien había sido su profesor de Latín, a encomendarle la reparación de un reloj de pulso. Cuando le entregó el trabajo a la perfección, al son de un tinto en el Café El Comercio, aquel institutor que sabía de la inteligencia de su exalumno, le ofreció una plaza en el magisterio. El gobernador de Caldas era Álvaro Campo Posada, oriundo de Pereira y, su profesor era nada menos que el Secretario de Educación. La política no se había apoderado todavía de la educación.

De inmediato fue designado Vicerrector del Instituto Dorada, pero como carecía de los recursos para trasladarse, se acordó de una vieja deuda de uno de los “turcos” que se habían apoderado de una parte del comercio de Manizales, un ciudadano de apellido Brener, quien le debía $85 por la reparación de un reloj; empacó su ropa en una caja de cartón y se instaló en el puerto caldense; el colegio ocupaba una casona que posteriormente sería sede del ferrocarril.

 

No padeció de los rigores de la tierra caliente, y se libró de los zancudos por “el aguardiente que tomaba”. Permaneció allí durante ocho meses, hasta que fue trasladado al colegio Marco Fidel Suárez, de Pácora, donde a los pocos días logró el traslado del colegio oficial a un local situado en la plaza principal. Posteriormente fue trasladado nuevamente, esta vez al Deogracias Cardona, de Pereira, donde conoció al colega Alfonso Palacio Balvin, con quien se encontró de nuevo en Armenia, sede de un nuevo traslado. Coincidencialmente, don Alfonso también había estudiado medicina durante tres semestres, y era profesor de física y química.

El rector del Instituto Universitario para la época era el médico siquiatra Alfonso Giraldo Rivera, quien consiguió el traslado de don Alfonso Palacio; don Óscar pasó luego a Calarcá, hasta que un político de la época, Luis Granada Mejía, consiguió que fuera trasladado a Manizales, no por factores electorales, sino porque era conocedor de las condiciones de maestro extraordinario de don Oscar Benavides.

Llegó como Supervisor de Educación y de inmediato hizo parte de la Comisión Nacional del Ramo, un colectivo oficial que supervisaba la marcha de los planteles educativos en todo el país; corría el año de 1962. Algunos de los supervisores eran Enrique Naranjo Marín, Tobías Bustamante Loayza, Hernán Ramírez Aristizábal y Lyda Quintero.

En 1965, otro médico regentaba el Instituto Universitario, Jaime Villegas Velásquez, consiguió que el supervisor Benavides fuera trasladado como profesor de planta. Allí se encontró con una legión de profesores que dejaron una huella muy profunda en varias generaciones de estudiantes, por su sapiencia, la manera de interactuar con los alumnos y sus profundos conocimientos. Todos ataviados con vestido de paño, corbata rigurosa, algunos con sombrero, infundían un respeto muy solemne entre los estudiantes. De ellos, don Oscar cita al propio Alfonso Palacio, quien regentaba la cátedra de anatomía, Simón Díaz, a quien llamaban “Simón tetas”, porque amonestaba a sus alumnos pellizcándoles las tetillas, Jaime Marín, padre del abogado y trovador Nelson Marín Franco, Augusto Quiroz, profesor de español, Arturo Posada, auténtica “cuchilla”, conocido como “Cateto”, profesor de cálculo y trigonometría, Ramón Betancur, profesor de español, Fabio Morales, filosofía, Gilberto Orejuela, Educación Física, Luis J Ferrero, a quien llamaban “Policía”, educación física, Bernardo Salazar Silva, y el sacerdote Jorge Henao, profesor der religión.

Don Óscar Benavidez no estuvo de acuerdo cuando los colegios públicos se volvieron mixtos y comenzaron a recibir estudiantes de ambos géneros. “Esa medida no es conveniente y ha causado muchos dolores de cabeza”. Pero considera también que la supresión de las cátedras de urbanidad, cívica y religión, son causantes del desorden que se percibe en la mayoría de los colegios del país.

 

De sus exalumnos más sobresalientes recuerda a los médicos Óscar Castaño Gaviria, Óscar Castaño Valencia y Germán Olarte.

Este maestro que formó cuatro generaciones de estudiantes, tuvo también entre sus alumnos a su hijo Óscar Alonso, quien recuerda que los exámenes no los calificaba en casa, y que en el aula “me tiraba al alma”. Sus otros hijos son César Javier, ingeniero químico, Patricia Mariela  y Claudia Benavides Morales.

En el Instituto Universitario permaneció durante los últimos 17 años de su ejercicio magisterial, entre 1982 y 1998, cuando logró su pensión de jubilación, durante la rectoría del licenciado Raúl Toro Carvajal.

Durante muchos años, la presencia de don Óscar era muy usual en las cuadras de las prenderías de Manizales, “cambalachando” relojes, comprando y vendiendo.

De don Óscar Benavides puede decirse que fue Maestro, Pedagogo, docente, y eminente educador.

Parodiando una cuña muy famosa que rezaba, “Tarde o temprano su radio será un Philips”, don Oscar promocionaba entre amigos sus relojes, y solía decirles: “Tarde o temprano su reloj será un Benavides”.

En la fotografía del maestro Jaime Gómez, aparece don Óscar Benavides, derecha,  en compañía de uno de sus exalumnos, el abogado Guillermo Mejía Gutiérrez.

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