Elucubraciones. El espejo del poder

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Por: Eduardo Aristizábal Peláez.

La política nace para servir a la sociedad, no para alimentar el orgullo de quienes la ejercen. Cuando el ejercicio del poder se transforma en una exhibición de vanidades, pierde su razón de ser y termina convertido en un espectáculo en el que la imagen personal importa más que las necesidades de los ciudadanos.

La historia universal ofrece numerosos ejemplos de gobernantes que confundieron la autoridad con la exaltación de su propia figura. Nerón, emperador romano, convirtió su afán de protagonismo en parte de su ejercicio del poder; Luis XIV, el llamado Rey Sol, hizo de la monarquía una expresión de su magnificencia personal y el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo sometió a su país a un régimen marcado por el culto a su personalidad. Estos casos ilustran los peligros de un poder que termina subordinado al ego, al lujo y a la autocomplacencia.

Cuando un gobernante deja de escuchar a sus ciudadanos para concentrarse en su propia imagen, la función pública comienza a desnaturalizarse. En lugar de poner las instituciones al servicio de la nación, utiliza la nación como instrumento de sus ambiciones. El narcisismo desplaza la responsabilidad, el sibaritismo sustituye la austeridad y los intereses colectivos quedan relegados frente a los deseos particulares de quien gobierna.

En la Colombia actual, esta reflexión adquiere especial relevancia. Existe el riesgo de que la actividad política se confunda con la ostentación, la representación teatral y la satisfacción de aspiraciones personales. Cuando el poder se interpreta como un privilegio y no como una obligación moral y constitucional, se debilitan los principios que sustentan la democracia: el respeto por los ciudadanos, la defensa de sus derechos, la responsabilidad en el manejo de los recursos públicos y la búsqueda permanente del bien común.

Gobernar no consiste en impresionar, sino en responder. No se trata de alimentar la admiración hacia quien ocupa el poder, sino de ofrecer resultados que mejoren la vida de las personas. La verdadera grandeza de un mandatario no se encuentra en la magnificencia de sus celebraciones, en la abundancia de sus banquetes ni en la intensidad de los aplausos que recibe, se demuestra en su capacidad para escuchar las necesidades del pueblo, comprender sus dificultades, actuar con sensatez y ejercer la autoridad con prudencia, honestidad y sentido de servicio.

 

 

 

 

Allí donde predominan el narcisismo y el afán de privilegios, la nación corre el riesgo de convertirse en una extensión de la voluntad de un individuo, en lugar de consolidarse como una comunidad de ciudadanos libres, iguales en dignidad y merecedores de respeto. La democracia no puede depender de los caprichos de una persona, debe sostenerse sobre instituciones sólidas, controles efectivos y gobernantes conscientes de que su autoridad tiene límites y su mandato entraña responsabilidades.

La historia deja una advertencia que ningún gobernante debería ignorar: la vanidad puede deslumbrar durante un tiempo, pero no garantiza grandeza ni asegura un lugar honorable en la memoria colectiva. El espejo del poder suele ser seductor, porque devuelve una imagen de superioridad, sin embargo, esa imagen se desvanece cuando la realidad de los ciudadanos contradice el discurso de quien gobierna.

Tarde o temprano, los pueblos exigen resultados, transparencia, justicia y dignidad. Es entonces cuando se revela la verdadera dimensión de un liderazgo, no por el lujo que exhibe, sino por la justicia que garantiza, no por las celebraciones que protagoniza, sino por las necesidades que atiende, no por el culto a su personalidad, sino por la huella ética y social que deja en su país.

La política no debe ser un escenario para la vanidad de los poderosos, sino un instrumento para la dignidad de los ciudadanos. Quien gobierna para exaltarse a sí mismo termina olvidando a quienes le confiaron el poder, porque la grandeza de un gobernante no consiste en estar por encima de su pueblo, sino en demostrar que está a su servicio.

Gobernar es servir, no servirse del poder.

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