El terremoto del olvido

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Tomado de Observador

Por: *Ángel María Ocampo Cardona

El terremoto del 10 de agosto de 2026 no solo derrumbó edificios: derrumbó la ilusión de que nuestras ciudades podían seguir creciendo sin memoria. Lo que se vino abajo en Cali, Pereira y Manizales no fue únicamente obra de la naturaleza, sino el resultado acumulado de décadas de decisiones tomadas como si el territorio no tuviera historia, como si la tierra no recordara.

No fue sorpresa; fue consecuencia

En Cali, la ciudad olvidó sus ríos. Se sabía desde los años 50 que la urbe debía crecer hacia el piedemonte y no hacia los humedales del Cauca. Lo dijeron Wiener y Sert, lo advirtió la Sociedad Colombiana de Ingenieros, lo repitieron expertos durante décadas. Pero la ciudad eligió olvidar. Se construyó sobre arenas finas, limos saturados y cauces enterrados. Se rellenaron humedales, se enderezaron ríos, se levantaron barrios enteros sobre suelos que nunca dejaron de ser agua. Cuando llegó el sismo, el subsuelo hizo memoria: los antiguos cauces respondieron como líquido y las estructuras mal calculadas cedieron

En Pereira se han vivido cien años de silencio sobre Egoyá. La quebrada Egoyá fue sepultada hace un siglo para “modernizar” la ciudad. En 1999, esa misma zona fue la más afectada por el terremoto. En 2026, la historia se repitió. La ciudad olvidó que bajo sus calles corre un río vivo, confinado, reclamando su espacio. Olvidó también las advertencias posteriores al desastre del 99: no levantar edificios de más de dos pisos en zonas vulnerables. La memoria se perdió y el riesgo volvió a ocupar su lugar.

En Manizales, la cordillera que no perdona. Los primeros pobladores aplanaron el filo de la cordillera hace más de cien años para construir la avenida Santander. Sobre esa tierra movida se levantaron primero casas de dos plantas, luego edificios hasta de veinte pisos. La ciudad olvidó que la montaña tiene memoria, que la Falla de Romeral respira bajo sus pies, que el terreno removido nunca deja de serlo. El terremoto solo hizo visible lo que la geología venía diciendo en silencio.

Lo anterior nos dice que el verdadero epicentro del terremoto es el olvido. Lo que une a estas tres ciudades no es solo el temblor, sino la falta de una cultura de memoria histórica. Olvidamos los planes urbanísticos sensatos. Olvidamos las advertencias técnicas. Olvidamos los cauces, las fallas, los humedales. Olvidamos los desastres anteriores. Olvidamos que el territorio habla, y que cuando no lo es cuchamos, grita. El desastre del 10 de agosto no fue solo natural: fue cultural. Fue el resultado de una sociedad que prefiere borrar antes que aprender, que confía más en el cemento que en la historia, que cree que la memoria es un lujo y no una herramienta de supervivencia.

La esperanza es que esta es una lección para que lo vivido no se repita ja más. Si algo debe nacer de esta tragedia es una conversación colectiva sobre la memoria. No una memoria nostálgica, sino una memoria activa: capaz de orientar decisiones, de frenar errores, de exigir responsabilidad. Una memoria que entienda que los ríos no desaparecen, que las fallas no se mudan, que los humedales no se vuelven roca por decreto. Una memoria que nos permita re construir no solo las casas caídas, sino la relación con el territorio que nos sostiene. Porque el verdadero milagro no será levantar muros nuevos, sino levantar una ciudadanía que recuerde.

*Historiador, escritor, docente

 

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