Por: Eduardo Aristizábal Peláez
Durante más de dos siglos, la política se narró como un duelo entre dos polos: derecha e izquierda. Esa división, heredada de la Revolución Francesa, sirvió para ordenar debates, partidos y proyectos de nación. Sin embargo, en el siglo XXI, esa frontera se ha vuelto insuficiente, cuando no engañosa, para comprender la complejidad de nuestro tiempo.
Norberto Bobbio, en su célebre obra Derecha e izquierda, defendió la vigencia relativa de la distinción, anclada en la tensión entre igualdad y desigualdad. Pero incluso él reconoció que la crítica crecía y que la brújula ideológica se debilitaba. Ulrich Beck, por su parte, sostuvo que los riesgos globales: clima, migración, tecnología, desbordan la lógica y exigen una política del riesgo. Anthony Giddens propuso la Tercera Vía, convencido de que las categorías tradicionales no bastan en sociedades postindustriales. Chantal Mouffe y Ernesto Laclau denunciaron la simplificación y plantearon que la política debe entenderse como construcción de hegemonías y discursos. Francis Fukuyama, con su tesis del “fin de la historia”, sugirió que tras la Guerra Fría la división ideológica clásica había perdido sentido, aunque luego matizó su visión. Y más recientemente, Juan Federico Pino Uribe, Alejandra López Aguilar y Adolfo Abadía.
Abadía han mostrado cómo liderazgos como los de Milei, Trump, Bolsonaro o Modi, mezclan populismo, neoliberalismo y religiosidad autoritaria, configurando nuevas derechas e izquierdas que ya no encajan en los moldes heredados.
En América Latina, la evidencia es palpable. El populismo de derecha combina discursos neoliberales con apelaciones religiosas, mientras las nuevas izquierdas: Petro, López Obrador, entrelazan justicia social con pragmatismo económico. La política regional se ha convertido en un mosaico de contradicciones, donde las etiquetas tradicionales apenas rozan la superficie de fenómenos más complejos.
La pregunta, entonces, no es si debemos abandonar esa división, sino cómo enriquecerla con categorías que reflejen los dilemas reales: populismo vs. institucionalidad, globalismo vs. nacionalismo, liberalismo vs. autoritarismo. Persistir en el viejo esquema es correr el riesgo de leer el presente con lentes empañados. Superarlo, en cambio, es abrir la posibilidad de una política más honesta, capaz de nombrar los desafíos de nuestro tiempo sin refugiarse en trincheras ideológicas que ya no explican ni convocan.
En este tránsito, la ética pública debe ser la brújula. Porque más allá de la derecha y la izquierda, lo que está en juego es la dignidad de las personas, la justicia de las instituciones y la capacidad de nuestras sociedades para enfrentar riesgos globales sin perder humanidad. Esa es la verdadera frontera que nos corresponde defender.