Por: Eduardo Aristizábal Peláez
La preceptiva, la principialística del periodismo se remontan a tiempos inmemoriales con mínimas variaciones, como deben ser las actividades serias, profundas, de principios y de gran responsabilidad, como lo es el periodismo.
El progreso de las comunicaciones en la parte técnica se ha venido dando en los últimos años a una velocidad vertiginosa y se ha convertido en una excelente herramienta definitiva para el periodista. Los teletipos fueron reemplazados por los fax y posteriormente el internet, lo digital, virtual, se han convertido en la herramienta más utilizada y útiles, tanto en prensa, como en radio y televisión.
Desafortunadamente, en los últimos años, se ha venido abriendo paso en los diferentes medios masivos de comunicación unos vicios que no tiene ninguna razón de ser, por eso son vicios, que riñen con una actividad formal y tocan más a convertirse en show que en periodismo serio y respetable.
Uno de tanto es aquel que algunos periodistas o simplemente personas que trabajan en medio y fungen como periodistas, se consideran estrellas, posan como tales y se auto-promocionan. Aparecen en fotos, o videos de sus propios medios. Cuentan a sus oyentes, lectores o televidentes sus gustos, aficiones, estudios y en general sus actividades propias, personales, familiares, entre otras. Básicamente la función del periodista es informar y opinar sobre temas de interés general. Son sus lectores, oyentes o televidentes quienes tienen todo el derecho a convertirlos en sus periodistas preferidos o inclusive ídolos, pero de manera unilateral, no con la autopromoción de los profesionales de los medios. La vida privada del periodista debe ser eso: privada.
Se volvió común en radio que los participantes en un programa escogen como tema su actividad privada. “Duermo sola”, dice alguien, “me encantan los perros” dice otro, “los domingos me quedo en la casa todo el día, diariamente llevo a mis hijos al colegio, me encanta la comida chatarra.” ¿Son esos temas de interés general ? Definitivamente se vuelven protagonistas y se creen estrellas. ¡ Qué horror !
Y qué decir de aquellos personajillos que en radio y televisión se creen el centro de atracción y el invitado pasa casi a un segundo plano. No respetan criterios contrarios, se creen los dueños de la verdad y se enojan cuando el interlocutor no está de acuerdo con ellos; a veces se toman el atrevimiento de regañarlos en público, cuando todos podemos exteriorizar decentemente, con calma y respeto nuestro desacuerdo con cualquier persona. Para eso están los argumentos.
Pero no quiero terminar sin mencionar a aquellos periodistas que se creen artistas y en televisión más bien parecen modelos que profesionales del periodismo. Estar a la moda no es ningún pecado, pero querer competir a veces con estrafalarios atuendos de invitados emite mensajes negativos. La imagen es un valor inconmensurable que debe cuidar el periodista, porque en el trabajo y en la vida social dice muchas cosas, como credibilidad, seriedad, responsabilidad. No olvidemos que la comunicación no verbal ya se está volviendo científica y ese tema lo tenemos que dominar.
La sobriedad y naturalidad son excelentes consejeras en el tema de la imagen, para periodistas profesionales, con dignidad.
Si somos jóvenes vistámonos sobriamente como jóvenes, si somos maduros, hagámoslo como tal y si somos viejos no trabajemos con tenis, bluyines rotos, camiseta de Micky Mouse y con una cola de caballo canosa cogida con un caucho. Nos comunicamos con todo. La imagen es un lenguaje, una ortografía, comunica.