Por: Eduardo Aristizábal Peláez
La política, en su sentido más noble, nació como el arte de gobernar para el bien común. Sócrates la entendía como búsqueda de la verdad y de la justicia; Platón la soñó en manos de filósofos, amantes de la sabiduría; Aristóteles la definió como la ciencia suprema, orientada a la felicidad de la polis. Cicerón la llamó res publica, la cosa pública, patrimonio de todos. Polibio advirtió que solo el equilibrio de poderes podía salvarla de la corrupción. Incluso los sofistas, con su relativismo, reconocieron que la política era también palabra, persuasión y construcción de consensos.
Ese legado, que debería ser brújula de nuestra vida republicana, contrasta de manera dolorosa con lo que hoy vemos en Colombia y en buena parte de América Latina. Lo que alguna vez fue servicio se ha convertido en negocio. Los partidos políticos funcionan como empresas familiares, donde los apellidos pesan más que las ideas y los cargos públicos se heredan como bienes patrimoniales. El clientelismo y el nepotismo han sustituido la virtud y la justicia. El bien común, principio fundante de la política, ha sido relegado por intereses particulares y cálculos económicos.
No es casual que pensadores latinoamericanos como José Martí advirtieran que “el gobierno ha de nacer del país y no de ambiciones personales,” o que Simón Bolívar denunciara en su célebre discurso de Angostura los peligros de la corrupción y la perpetuación en el poder. Más cerca en el tiempo, Orlando Fals Borda mostró cómo las élites políticas colombianas han administrado el poder como patrimonio privado, reproduciendo desigualdades y bloqueando la participación ciudadana. Y Eduardo Galeano, con su mirada crítica, describió cómo las democracias de la región muchas veces se convierten en “democracias de mercado”, donde el voto se compra y la política se vende.
La política, que debería ser un ejercicio de virtud y compromiso con la comunidad, se ha degradado en un mercado de favores. Los movimientos políticos ya no son espacios de deliberación ciudadana, sino clanes que buscan perpetuarse en el poder. La consecuencia es una crisis de legitimidad, la ciudadanía percibe la política como corrupta y distante, y la confianza en las instituciones se erosiona día tras día.
El paralelo es inevitable; mientras los clásicos concebían la política como servicio, hoy se la reduce a transacción. Donde antes se hablaba de justicia y virtud, ahora se habla de contratos y cuotas. Donde antes se soñaba con filósofos gobernantes, hoy se padecen administradores de intereses privados. Como lo señaló Javier Darío Restrepo, maestro de la ética periodística en Colombia, “la política sin ética es simple negocio”, y ese negocio ha terminado por vaciar de contenido la democracia.
La conclusión es clara: si la política sigue siendo un negocio, la democracia seguirá siendo una ficción. Solo cuando se recupere el sentido originario de la política, el bien común sobre el particular, la justicia sobre el interés, el servicio sobre el poder, podremos hablar de una verdadera república. Mientras tanto, lo que tenemos no es política, es mercadeo del poder.